La quinta temporada de la serie de Netflix está rompiendo su hechizo, pero está ocupada

La reina Isabel II comenta sobre su nieto William al comienzo del octavo capítulo (pólvora) de esta quinta temporada que la televisión arcaica, apenas suficiente para cerrar la televisión abierta y en particular su favorita British Broadcasting Corporation (BBC), era una metáfora del estado de la realeza en ese momento, la convulsa década de los 90.

Como algunos de los diálogos que componen el guión de la nueva temporada de La corona, la afirmación de la Reina peca de un grado de explicitud innecesario para una serie que ha desplegado figuras elegantemente retóricas en cuatro temporadas. No hace falta llegar al final para saber que el barco Britannia ya no puede navegar o que la familia Windsor y uno de sus castillos se está quemando.

La lucha entre el statu quo y la revisión, entre el conservadurismo y la modernidad es un diálogo apasionante que se desarrolla desde el primer capítulo de la serie. Pero en esta quinta temporada, la capacidad de la monarquía británica para adaptarse a un nuevo mundo está bajo escrutinio.

Hace una semana, la querida colega Pía Supervielle se acercó a la serie en su columna no toques nada y poner la pregunta en el aire. Respondí por mensaje privado, si, creo que esta entrega corresponde a las anteriores. Pero para ese momento solo había visto los primeros cuatro capítulos y las cosas no estaban mal.

En gran medida, ya había reconocido las carencias que todos veíamos: Dominic West es un príncipe Carlos enérgico, estratégico, decidido y guapo, es decir, inesperado; Elizabeth Debicki hace una interpretación tan mimética de Diana que terminó con el descubrimiento de la invención; Imelda Staunton representa a una Isabel II un poco más dudosa e insegura que las que nos sugirió Claire Foy en las dos primeras temporadas.

Diana, Carlos y sus conflictos son el foco de la nueva temporada

Pero más allá del reparto y la dirección, la propuesta original traía consigo momentos que parecían que la quinta entrega tomaría el pulso a las anteriores. Entre el síndrome de la reina Victoria y la historia de Fayed, Peter Morgan nos había recordado por qué decidimos ciegamente volver a visitar uno de los mejores espectáculos de todos los tiempos. Sin embargo, A medida que avanzan los capítulos, la temporada se vuelve más débil y La corona sufre varias de las razones que nos han hecho esperar con tanto miedo: reconstrucción de época, diálogo histórico, drama político y sobre todo criterio justo de conteo y omisión, de diálogo y de gesto.

No todo es responsabilidad de los autores. La realidad de los 90 en Reino Unido dejó poco espacio a los pensadores de esta ficción y eso es notorio comparado con los hechos de las décadas anteriores. Cuando Isabel II ascendió al trono en 1952, el Reino Unido ya había perdido su lugar imperial hace décadas, aunque todavía ocupaba una posición de supremacía en el orden mundial. Las cuatro temporadas anteriores tienen argumento suficiente para contar el drama político internacional de una potencia en declive. Las aventuras de Winston Churchill, Gamal Abdel Nasser, Margaret Thatcher o los Kennedy y tantos otros marcaron el pulso de una historia que aportaba elementos propios para cautivar a los espectadores.

Pero los 90 ya no ofrecen la diferencia con otras décadas. El único consuelo La temporada, en su sexto episodio, ofrece una mirada no resuelta a la conexión entre los Windsor y los Romanov, revelando una historia de 1917 en el contexto de la visita de Boris Yeltsin a Londres y la Reina a Moscú. Además de una interpretación laxa del fracaso de su primo Jorge V para salvar al zar Nicolás II, en este capítulo dedicado a la casa de Ipatiev también recurre a diálogos y escenas innecesarias que poco aportan más allá de la aparente intención de resaltar los problemas que el presidente de Rusia tenía con el alcohol.

Elizabeth Debicki como Diana

En la última década del siglo XX, la historia más importante y casi la única relevante que se puede contar es la de una familia en decadencia. Una empresa que se pregunta cómo jugar su papel en la nueva era, que cree interpretar el sentimiento popular desde su torre de marfil y que tímidamente cuestiona la necesidad del cambio, tratando precisamente de hacer el menor cambio posible.

La década de 1990 es la década en la que prosperan las críticas más severas a Isabel II. La monarca, a pesar de sus creencias, entiende que su barco necesita reparaciones para continuar, aunque eso signifique que el jefe de la Iglesia de Inglaterra acepte el divorcio de un futuro rey, exprese sus sentimientos en un discurso público o en la televisión que consume satélite y esporádicamente su BBC lo incita a ver carreras de caballos en vivo. O si no puede seguir navegando, retirarse del yate real podría ser lo mejor. Las disonancias están a la vuelta de cada esquina.

La gloria del reino no es eterna y, quiérase o no, la última temporada La corona nos recuerda eso. Pero no hay que ser desagradecido: La serie tiene crédito de sobra. y por eso ya estamos esperando el sexto.


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